El Gran Primo y la intimidad del vestuario

Publicado por Jesús Alba  /   diciembre 28, 2016  /   Publicado en Historias  /   Ningún comentario
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Una cosa es que la sociedad genere modas de conducta y comportamiento y otra muy distinta es que éstas se puedan aplicar a todas las profesiones. Como la corriente que ya cansa del llamado Maniquí Challenge, que, como dice un amigo mío, “en mi pueblo es el Pollito Inglés de toda la vida”. Surgió en el fútbol como gracieta de un grupo de futbolistas y ha acabado casi en obligatorio en cualquier colectivo como lo pueda ser la comida de empresa por Navidad.

Pero esto es más delicado. Viendo que abundan demasiado los egos en el mundo de los entrenadores, que conste, me parece que cada uno puede hacer lo que quiera, pero ya no me parece tan correcto cuando estamos hablando de fútbol base. Creo que el entrenador mutó en otra cosa cuando decidió salir de aquellos banquillos que eran un foso con toldo y tejadillo. Como cuando el primer chimpancé bajó del árbol y se puso a andar de pie, se creyó otra cosa distinta. Con el tiempo se quitó el chándal y ahí creo que cometió el primer gran error, quitarse el escudo de su club y no llevar en el pecho el mismo emblema que los jugadores a los que tiene que convencer, a los que debe hacer calar su mensaje.

El entrenador, que ya viaja con portatrajes, cuida su imagen, sus gestos, todos los movimientos que hace en la banda, como una estudiada coreografía. Unos venden mesura y frialdad, como dando a entender que así domina más elementos de análisis, y otros venden pasión, nervio, sangre caliente… a menudo de manera innecesariamente exagerada. Hasta ahí todo perfecto, es un baile admitido.

Viene todo esto a la burda exposición que en las redes sociales ha infectado el noble ejercicio de la docencia futbolística. Porque en fútbol base entrenar se llama ejercer la docencia. Y en este punto, ¿qué pensaríamos del maestro que graba una clase de Matemáticas junto a sus niños de banca de colegio y lo cuelga en las redes sociales? Para empezar, creo que se enfrentaría a un conflicto con la dirección del centro escolar. Luego estaría todo eso del espinoso asunto de la protección de datos, los derechos de la infancia, habría que ver qué piensan los padres… pero, sobre todo, nos preguntaríamos ¿qué pretende?

Por todo eso, creo que no vemos ni vamos a ver una clase de Matemáticas a niños de quinto de Primaria colgada en Facebook y Twitter. Pero estamos asistiendo a un circo, a mi entender, cuyo resultado será matar la magia del fútbol. Habrá distintas opiniones y habrá hasta quien me rebata la mía con argumentos, pero abrir las puertas de un vestuario para grabarse dando la charla previa de un partido a un grupo de jugadores (mucho más si son niños) demuestra -permítanme que lo diga- que el resultado de ese partido es lo que menos importa y, lo peor, que lo que esos niños aprendan importa todavía menos. Demuestra que la prioridad es el yo, el impacto que tengan nuestras palabras no en esos jugadores sino de cara al exterior. Demuestra que salir de debajo del tejadillo y vestir traje no es suficiente. Si las cadenas de televisión que son las que mandan en el fútbol profesional deciden llevar al fútbol y a los vestuarios el Gran Hermano… de verdad, no hagamos nosotros con nuestros equipos el Gran Primo.

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