Jairo Morillas desata furor en el Espanyol

Publicado por Redaccion  /   abril 10, 2014  /   Publicado en Actualidad, Historias  /   Ningún comentario

Jairo marca de plástico cabezazo un gol al Lleida.

Jairo marca de plástico cabezazo un gol al Lleida.

Dentro de su corpachón hay un tío con alma. Humilde, callado, tímido, sacrificado… no alzó la voz jamás mientras estuvo en el Sevilla, donde todavía hay técnicos que no se explican por qué el club decidió prescindir de él para apostar por otros. Sin ánimo alguno de ser ventajistas, sino sólo de contar la realidad de las cosas, que no son más que circunstancias que se dan porque se tienen que dar, no está mal hacer una retrospectiva cuando un jugador triunfa, como le está ocurriendo a Jairo Morillas en el filial del Espanyol, donde sus últimos goles (6 en los últimos 8 partidos) lo han convertido en el hombre de moda.

Jairo Morillas fue en el Sevilla uno de esos prodigios que llegó como un cañón a la edad juvenil. Tanto que en ese afán por adelantar los plazos se vio demasiado joven en la plantilla del Sevilla Atlético, pero no sólo una temporada, sino dos. Jugaba poco o simplemente no jugaba, perdía un tiempo precioso (año y medio) y sus excelentes condiciones, con las que había maravillado en juveniles hasta ser llamado a la selección, se iban quedando en nada. Potencia física, una espectacular carrera, un remate demoledor, buen contacto con el balón, juego de espaldas, facilidad incluso para el regate gracias a sus movimientos… eran virtudes que se sabían del grandullón de Gilena, pero que no aparecían. El Sevilla apostaba claramente por otro gigantón, pero mucho más torpe y con nula cultura táctica. Eso sí, mucho más exótico y quizá mediático. Con un fútbol, salvando las enormes distancias, ‘juliosalinesco’, Hiroshi (ahora en el filial del Valencia) marcaba goles a puñados y Jairo Morillas decidía él solo dar un paso atrás para activar lo que estaba desactivado. Decidió jugar como lo que todavía era, un juvenil, y bajó a mitad de temporada al equipo de División de Honor que entonces dirigía Diego Martínez. Éste varió el sistema para que en el equipo tuvieran cabida dos delanteros de parecidas características, uno quizá con más calidad (Jairo) y otro con un motor incansable en la presión y en los balones al espacio (Álex Rubio). Ese equipo hizo una excepcional campaña, ganó el título en el grupo 4 y ganó la Copa de Campeones en Lepe con un gol de Jairo Morillas en la final… al Espanyol.

Estaba todo dicho. Bastaba con que el Sevilla decidiera no hacer un nuevo contrato al delantero de Gilena para que se marchara con la carta de libertad a la Ciudad Condal. Eso sucedió el pasado verano y es verdad que en la cantera nervionense se veían venir a delanteros de una gran proyección, como Carlos Fernández, pero muchas veces puede pensarse que sus técnicos se cansan demasiado pronto de determinados futbolistas cuando en realidad todavía no han acabado de romper en ese afán por adelantar los plazos.

Aunque el Espanyol B de Sergio González no está cuajando una gran temporada en el grupo II de Segunda B, Jairo Morillas es el máximo goleador de un filial que gracias a sus últimos tantos ha salido de la zona de descenso. Lleva 7 dianas y es el mejor exponente, junto a Mamadou (5 goles), el punta del Espanyol juvenil al que se midió en Lepe, del ataque periquito.

Jairo vive días felices en Barcelona, donde le dedican en las televisiones locales piezas audiovisuales e informaciones en las que lo bautizan como el “Negredo del Espanyol B” (por cierto, lleva un tanto más que el hermano del ‘nueve’ del City, punta del Badalona, e Hiroshi ambos en el mismo grupo). Quizá todo deba tener su justa medida y sea mejor no seguir por ese camino, pero lo que está claro es que el de Gilena, con 20 años, está demostrando que se está haciendo un buen delantero en el filial de un equipo de Primera División y que pronto, muy pronto, puede dar el salto. Entonces veremos si vale o no. Eso sí, no hay que culpar a nadie ni jugamos a ventajistas: todos no pueden triunfar en un mismo club y en un mismo equipo. Es como en la ruleta, apostar por un número. Juegan once y delanteros, apenas uno.

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