Una lanza en defensa del padre del futbolista

Publicado por Jesús Alba  /   junio 21, 2017  /   Publicado en Destacada  /   Ningún comentario
Padres y abuelos asisten a un partido de fútbol base.

Padres y abuelos asisten a un partido de fútbol base. / Angel García (CD Canillas).

A lo mejor me estoy metiendo donde no me llaman, pero soy muy dado a eso. Me suelo poner a menudo en el lado contrario de la corriente ganadora en los debates. Más que nada y, primero, para ver cómo se siente uno. Después decido en qué bando me quedo.

Y esto es –afirmo- como todo, como la sociedad nos lo marca. De unos años a esta parte, alentados por las barbaridades que se ven en imágenes en las redes (ya que nos ha dado por grabarlo todo), el padre del niño que juega al fútbol en una escuela, en un equipo de pueblo o de barrio o en las categorías inferiores de un club profesional ha pasado de ser un elemento más o menos incómodo o colaborador a ser un auténtico demonio movido por la ambición, el egoísmo focalizado en la carrera del niño y el deseo de machacar al de al lado, o mejor dicho, al que juega en el puesto de su vástago. ¿O no es cierto que los padres hacen buenas relaciones e incluso van juntos en el coche con los padres del resto del equipo menos con el competidor directo del hijo? No hay malas formas, pero no hay el mismo rollito entre el padre -y la madre, por supuesto- del portero habitualmente suplente con el padre y la madre del portero casi siempre titular.

Y yo pienso… ¿No será la sociedad? ¿Nos hemos parado a pensar cómo son los padres de los niños que practican otros deportes, o los padres de los niños que estudian para “ser alguien en la vida”? ¿Quién no escucha hoy a diario a padres hablando de sus hijos ensalzándolos como reyes victoriosos en la batalla campal de unas oposiciones o en la graduación de una carrera universitaria? “Mi Fulanito o mi Menganita ha sacado el número uno de 10.000 que se han presentado. Ahora tiene que ir un año a estudiar a Pernambuco, que me va a costar un ojo de la cara y parte de otro, pero su madre y yo nos sacrificaremos. Y después cuando termine ya está colocado/a. Mi fulanito/a es que vale para estudiar. Desde chiquetito/a ha sacado las mejores notas de la clase y de todo el colegio”.

Todo ha cambiado. Es verdad. Yo no jugué un pimiento a nada, pero mi padre jamás de los jamases vino a verme a jugar un partido. Los padres de nuestra época quizá estaban en otra cosa. Pero sigo diciendo que el padre del niño futbolista no es peor que el del niño que se apunta a piano, el niño que juega al tenis, al pádel o el que estudia en el conservatorio. Son todos lo que son, padres. Y todos queremos lo mejor para nuestros hijos. ¿Será la sociedad? ¿Será que antes cuando el maestro te castigaba tu padre le daba la razón al profesor y ahora se puede llevar dos hostias si no agacha la cabeza en la tutoría? ¿Será que antes la decisión del entrenador era respetada por todos y hoy los padres son capaces de poner a medio equipo en contra del formador?

Hay muchas cosas que han mejorado en el fútbol base, muchísimas y enumerarlas aquí sería interminable, pero otras han empeorado. Pero no es el padre del futbolista. Es la sociedad, competitiva y estresante al máximo, con niveles muy alto de saturación en niños a través de actividades extraescolares que generan una tensión en casa (hay que llevarlos y traerlos) que no existía antes, cuando, simplemente, jugábamos. En el fútbol, como en todo, hay padres y hay padres. Y he conocido de todo en estos años que llevo cerca del fútbol de formación, de cantera y ya rozando al profesionalismo. He visto padres que han cambiado el trabajo y la ciudad de residencia porque el niño ya ha pasado por el Espanyol, por el Villarreal y por el Atlético de Madrid con sólo 14 años y también he visto a padres que no han estado dispuestos a hipotecar la vida de sus hijos y la suya propia y los han dejado que sigan disfrutando en el equipo de su pueblo yendo ellos solos con su mochilita a entrenar y no ir a llevarlos a diario al Sevilla o al Betis a sólo 20 kilómetros de distancia. Conozco a algún padre que ha sido jugador profesional y que tiene dos hijos futbolistas (uno de ellos estuvo en La Masía) y que no ha ido nunca a ver un partido de ninguno de ellos. Y también conozco a la parte contraria, el que cambia los turnos en el trabajo para no perderse ni un solo entrenamiento.

Que el fútbol es una actividad muy llamativa porque a todos nos hubiese gustado ser futbolistas de élite o que nuestros hijos fueran profesionales y ganaran mucho dinero para que nos podamos comprar un Mercedes, pues sí. Pero igual que el padre que quiere que su niño sea médico porque viene de una familia de médicos y tiene que ser el mejor de su promoción.

No nos equivoquemos. Es la sociedad, no es el fútbol.

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